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Informe de resultados proyecto: Tejiendo cuidados con la ruralidad caleña

Las últimas décadas han sido testigos de la avanzada de la agenda feminista y, en particular, de la agenda de cuidados en América Latina. Este proceso ha contribuido a desplazar el cuidado desde el ámbito privado hacia el centro del debate público, político y académico, cuestionando su histórica naturalización como una responsabilidad individual o familiar, asumida mayoritariamente por las mujeres. En Colombia, la aplicación de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), posible gracias a la Ley 1413 de 2010, ha permitido medir el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado desde el 2012, a través de cuatro encuestas de representatividad regional. Esta medición, además de visibilizar este trabajo, evidencia que su falta de distribución constituye un problema estructural de desigualdad. 

Los resultados de la ENUT han servido para posicionar en la conversación nacional la desigualdad en la distribución del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en Colombia: donde el 90% de las mujeres realizan este trabajo frente al 65,5% de los hombres, dedicando ellas más del doble del tiempo, 7 horas y 35 minutos diarios frente a 3 horas y 12 minutos; una sobrecarga de cuidado que tiene su correlato en el trabajo remunerado, donde las mujeres participan 21,2% menos que los hombres (1). Estos ejercicios de reconocer el trabajo de cuidado se han materializado en el fortalecimiento de un marco normativo: la creación de sistemas territoriales de cuidado y la formulación de la Política Nacional de Cuidado (Documento CONPES 4143 de 2025). En este contexto, cabe destacar, el papel fundamental de los movimientos de mujeres, de las mesas de economía feminista y del cuidado, y de múltiples organizaciones sociales que han logrado posicionar el cuidado como un eje central en la justicia social y la igualdad de género.  

El cuidado es una dimensión esencial e inevitable de la vida humana. Está íntimamente ligado a nuestra condición de seres vulnerables, que requerimos de cuidado con distinta intensidad a lo largo de todo el ciclo vital. En este sentido, el cuidado remite a la reproducción cotidiana de la vida y se sitúa en el centro de uno de los debates fundamentales de los feminismos y, en particular, de la economía feminista sobre la sostenibilidad de la vida. El cuidado puede entenderse de forma amplia como lo hacen Joan Tronto y Berenice Fischer al definir el cuidado como “el conjunto de actividades que incluyen todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro mundo de tal forma que podamos vivir en él lo mejor posible. Ese mundo incluye nuestros cuerpos, nuestros seres y nuestro entorno, todo lo cual buscamos para entretejerlo en una red compleja que sustenta la vida”. 

Pero al mismo tiempo, el cuidado se distribuye socialmente de forma desigual; reproduciendo y profundizando brechas de género y desigualdades socioeconómicas. Tal como señala Corina Rodríguez Enríquez: los hogares con menores recursos dependen en mayor medida del trabajo no remunerado de sus integrantes, mientras que aquellos con mayor capacidad económica pueden acceder a servicios públicos de cuidado de calidad o adquirirlos en el mercado.  De este modo, la forma en la que se organiza el cuidado no solo resulta injusta, sino que actúa como un vector estructural de reproducción de la desigualdad. 

En particular, la ruralidad constituye uno de los ámbitos donde estas desigualdades se expresan con mayor intensidad: como han documentado distintas autoras, las distancias geográficas y la dispersión poblacional dificultan el acceso a servicios básicos, como el agua, lo que incrementa las cargas de cuidado al incorporar tareas adicionales como el transporte y el almacenamiento de este recurso; A ello se suma que la provisión estatal de cuidados es, en muchos casos, insuficiente o inexistente, lo que refuerza la concentración del cuidado en los hogares y, de manera desproporcionada, en las mujeres (5,6,7,8). 

A pesar de la relevancia del cuidado en contextos rurales, su estudio sigue siendo un campo emergente en América Latina. De acuerdo al estado de arte realizado para Latinoamérica en 2022 por CLACSO y ONU Mujeres: si bien en los últimos quince años han surgido diversas investigaciones enfocadas en los cuidados, persiste un rezago en los estudios sobre contextos rurales en comparación con los urbanos (9). Este rezago ha limitado la comprensión de las particularidades del cuidado en la ruralidad, que se refleja en la aplicación de categorías analíticas e instrumentos que no siempre logran captar la complejidad de estos contextos. En primer lugar, esta limitación se evidencia en las categorías de trabajo productivo y reproductivo, que en la ruralidad suelen traslaparse: actividades como el cultivo de alimentos o la cría de animales se desarrolla de forma habitual en el hogar o sus inmediaciones, al tiempo que se cuida de las infancias, lo que difumina las fronteras entre ambos tipos de trabajo (10, 11; 9); Asimismo, muchas mujeres rurales conciben el espacio cercano a la vivienda como una extensión del hogar o entienden su participación en actividades productivas como una “ayuda” a la familia, sin reconocerla como un trabajo (12, 13). En segundo lugar, se documentan dificultades para aplicar encuestas de uso del tiempo en contextos rurales, en la medida en que las nociones de tiempo no suelen organizarse en función de las horas, sino de ciclos naturales como el transcurso del sol. Esta concepción del tiempo desborda los instrumentos estandarizados, reduciendo su capacidad para captar de manera adecuada la intensidad, simultaneidad y continuidad del trabajo de cuidado en la ruralidad (14, 9). Estas limitaciones han dificultado la comprensión de las formas en que se organizan los cuidados, de las cargas que asumen determinadas personas y territorios, y de los arreglos existentes, familiares, comunitarios, institucionales y de mercado, que sostienen la vida cotidiana en la ruralidad.

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