No hay justicia ambiental sin justicia de género. No hay justicia climática sin justicia agraria. No hay democracia ambiental sin la participación efectiva de las mujeres en los territorios.
Como mujeres defensoras del ambiente, la tierra y el territorio provenientes de distintos rincones de Colombia, amazónicas, campesinas, indígenas, afrodescendientes, lideresas comunitarias y cuidadoras, levantamos nuestra voz de manera colectiva para recoger las experiencias y luchas de todas las mujeres que habitamos y defendemos los territorios en el marco de la COP4 del Acuerdo de Escazú.
Venimos desde los ríos, las montañas, las selvas, y los campos, desde los lugares donde la vida se cuida todos los días, pero también donde se enfrenta la violencia, el despojo y el abandono. Venimos, especialmente, desde el corazón de la Amazonía, donde la selva no solo es territorio, sino madre, memoria y sustento; donde los saberes ancestrales, el cuidado del agua y la defensa de la biodiversidad son formas de resistencia y de vida. En Colombia, defender el ambiente sigue costando la vida y, ser mujer defensora, implica enfrentar múltiples violencias que están inscritas en los territorios y cuerpos de las mujeres.
La implementación del Acuerdo de Escazú en Colombia no puede quedar en el papel. Para nosotras, Escazú es una herramienta viva que debe garantizar condiciones reales para el ejercicio de la defensa ambiental, la participación efectiva y el acceso a la justicia en los territorios.
Sin embargo, nuestras experiencias evidencian que persisten profundas brechas:
- No contamos con garantías efectivas de protección frente a las amenazas, la estigmatización, la criminalización y la violencia.
- Nuestros territorios siguen siendo intervenidos sin participación real e informada.
- El acceso a la información ambiental sigue siendo limitado, poco claro y distante de nuestras realidades.
- Las mujeres seguimos siendo excluidas de la toma de decisiones sobre la tierra, el agua y los bienes comunes.
Denunciamos que la crisis ambiental que vivimos no es un accidente, sino el resultado de un modelo económico que prioriza el lucro sobre la vida. La deforestación, la minería, la expansión de la frontera extractiva y las falsas soluciones climáticas continúan profundizando el despojo en nuestros territorios. También denunciamos que las respuestas institucionales siguen siendo insuficientes, fragmentadas y alejadas de nuestras realidades. Se nos convoca a participar, pero no se nos escucha; se habla de enfoque de género, pero no se implementa de manera diferenciada considerando las afectaciones que vivimos las mujeres en cada territorio.
En este sentido, exigimos a los Estados y a las instancias del Acuerdo de Escazú:
- Garantías integrales de protección para las mujeres defensoras y sus familias, reconociendo nuestras formas propias de cuidado y autoprotección.
- Participación efectiva, incidente y vinculante en todos los procesos de toma de decisión ambiental, incluyendo la implementación del Acuerdo de Escazú.
- Acceso real, claro y oportuno a la información ambiental, en formatos comprensibles y pertinentes territorialmente.
- Reconocimiento y garantía de nuestros derechos sobre la tierra, el territorio y el agua, como base para la defensa de la vida.
- Fortalecimiento de mecanismos territoriales de implementación de Escazú, con participación directa de las mujeres defensoras.
- Apoyo a procesos comunitarios de monitoreo ambiental, soberanía alimentaria, agroecología y cuidado del territorio.
Nosotras no solo denunciamos. Nosotras proponemos.
Desde nuestros territorios, construimos alternativas todos los días: cuidamos el agua, protegemos los bosques, sembramos alimentos, defendemos las semillas, tejemos redes de cuidado y sostenemos la vida en medio de múltiples crisis. Nuestras prácticas no son marginales: son fundamentales para el presente y para el futuro.
Por eso, en el marco de la COP4 del Acuerdo de Escazú, declaramos y hacemos un llamado urgente a que se reafirme que:
- Nuestras voces deben estar en el centro de las decisiones, desde el reconocimiento de todas nuestras diversidades.
- La protección de la vida no puede seguir siendo una responsabilidad individual, tiene que ser un compromiso de los Estados.
- Sin nosotras no hay implementación posible del Acuerdo de Escazú en los territorios.
Desde Colombia, desde nuestros territorios, afirmamos:
- La defensa del ambiente es la defensa de la vida.
- El territorio no se vende: se cuida y se defiende.
- Las mujeres defensoras no estamos solas: estamos juntas, organizadas y en resistencia.