Sembrando soberanía alimentando dignidad

El esquema de producción actual ha conllevado al tratamiento del alimento como una mercancía y no como un derecho, aun cuando es fundante para garantizar la vida digna de las personas. En reconocimiento de ello, no en vano, históricamente, las organizaciones campesinas y agrarias han centrado gran parte de su lucha en la reivindicación de la Soberanía Alimentaria de los pueblos, poniendo a quienes producen, distribuyen y consumen alimentos en el corazón de los sistemas y políticas alimentarias, por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas. 

Junto a este largo camino por reivindicar la alimentación como un derecho y a la Soberanía Alimentaria y nutricional como la posibilidad de materializarlo, se ha aparejado otra necesaria reivindicación y revalorización: el aporte que las mujeres hacen al sostenimiento de la vida a través de sus trabajos de cuidados no remunerados, incluido el trabajo asociado a la alimentación. Dicho reconocimiento es indispensable, pero no suficiente, pues también es una realidad que, a pesar de esta enorme contribución, también son las mujeres las que más enfrentan
situaciones de violencia basadas en género (VBG), incluida la violencia alimentaria. 

Justamente, por esta razón, es que cobra tanto sentido seguir ahondando por la caracterización de las problemáticas que afrontan las mujeres, pero, sobre todo, de las potenciales prácticas y aportes transformadores que lideran desde diversos lugares, en clave de poder contribuir a la Soberanía Alimentaria y nutricional de sus territorios y de sus propios cuerpos, identidades y maneras de ser y existir en el mundo.

Así pues, la Soberanía Alimentaria y Nutricional, desde la perspectiva de las mujeres campesinas y rurales que vienen liderando y participando en procesos organizativos, es un horizonte de sentido que se construye día a día, incluso politizando el acto de preparar y compartir los alimentos. Se trata de un ejercicio en el que se busca alimentar la vida, en su sentido amplio: el cuerpo como primer territorio y la comunidad, como el primer anillo de organización y potencial transformador de las lógicas asociadas al alimento.

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